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     A él nadie lo conocía realmente, ni siquiera sus padres sabían que pensar de él. No era la clase de chico que pasase desapercibido, con su cabello rojizo y su figura alta y delgada, él solo pasaba de largo todo.

     Ni los insultos, ni los gritos, ni los maltratos podían hacer que él se rompiera; simplemente seguía de pie. A aquel chico no le conocía muy bien, sus padres le llamaban Matt (con frecuencia los demás chicos del colegio lo compararon con Azrael, el Ángel de la muerte, a él no le importaba). Se pasaba día tras día, apegado a s cuaderno de dibujo, por curiosidad un día me asume para ver uno de ellos, ese día tuve más miedo que en toda mi vida junta; estaba allí, un pequeño cachorro con nariz rosada y pelaje negro machado con sangre y tirado en una calle muy conocida.

     Creo que eran alrededor de las 4 a.m. y un ruido brusco me despertó, me asome por la ventana y no vi nada por lo que me volví a dormir. Baje a desayunar y mamá dijo que tuviera cuidado cando saliera, que anoche hubo un accidente. Mi curiosidad me volvió a ganar. Salí a investigar y allí tirado a la orilla de la banquina estaba ese precioso cachorro muerto. Un escalofrío me recorrió por la columna vertebral, él tenía algo que ver, no sería pura coincidencia que ese cachorro hubiera muerto así por así.

     Me decidí. Me armaría de valor y hablaría con aquel chico. Tenía que saber que estaba pasando, quería saberlo, la curiosidad me picaba.

     A la mañana no le vi, temía que no hubiese venido, en el receso lo encontré sentado mirando al cielo con su cuaderno descansando sobre sus piernas. Si dejabas de lado aquella aura oscura y triste que llevaba, Matt hubiera sido un chico bastante guapo, con ojos verde claros y unas que otras pecas en su rostro trigueño, parecía no haberse cortado el cabello hacía ya tiempo, pequeños y finos labios que se abrían y cerraban formando palabras. Pronto me di cuenta de que estaba hablando, me sentía como una tonta.

     Él pronunciaba palabras apenas audibles, intente concentrarme en lo que decía. “Sucedió ¿no?”, tarde un tiempo en comprender a lo que refería, luego caí en la cuenta de que hablaba del cachorro, asentí. Para mi sorpresa sonrió. Tendría una bonita sonrisa si no pareciese un psicópata.

     Abrió su cuaderno de dibujo en la primera página y me lo entrego, “eres la primera… la primera que no me teme y… hablo conmigo”. Ese chico era un saco de sorpresas. Aquel cuaderno suyo, tanto de dibujo como una especia de diario personal, contenía dibujos espeluznantes y la razón de aquellos. No entendía, todos eran de gente muerta, y detrás de cada uno de ellos había escrito.

     Su letra era temblorosa y poco entendible, unas que otras palabras pude leer. Él lo hizo; A; yo lo hice; no quiero que pase; no moriré… No podía comprender aquello. Significaba que aquel chico de no más de 15 años había matado a tanta gente y animales… sin razón alguna.

     Me quito el cuaderno con cuidado de las manos, fue pasando de hoja en hoja hasta llegar a un casi al final. Matt realmente tenía talento, en la página señalada por él había un precioso dibujo de un ángel: con alas blancas con un tenue brillo morado, tez blanca, rizos oscuros en su cabello corto, ojos negro-azul sin vida y profundos como el cielo de noche, su expresión parecía severa y a la vez satisfecha. Matt había intentado hace su letra lo más comprensible posible “Azrael, el Ángel de la muerte.

     Lo miré, él solo mantenía la vista al cielo y con una leve sonrisa se quedó allí, ya era tiempo de regresar a clases, pero no se movió. Los días pasaron y lo seguía viendo, él se sentaba allí a contemplar el cielo o a dibujar una que otra vez. Yo iba a acompañarlo, algunas veces le contaba lo que sucedía, el volteaba a verme y luego seguía con lo suyo.

     Faltaba a clases, empezó por dos veces a la semana, luego venia al colegio solo dos días, tres días cada dos semanas. Me enviaban a darle las tareas a su casa, pero yo no sabía dónde vivía, inventaba excusas de que estaba enfermo, o de que tenía problemas algún familiar suyo. Prácticamente dejo el colegio. Abrí mi taquilla con mi contraseña, 42135, la había cambiado poco después de que me robaron dinero de allí mismo. Pegada en la puertilla había una nota, solo había una dirección, no lo pensé, y juro que desearía haberlo hecho.

     Salí del colegio y me dirigí a aquel lugar, quedaba a unas manzanas del colegio. Parecía una linda casa, de una planta y pequeña, no había movimientos. Llame a la puerta y esta se abrió ante el empujón. Todos mis sentidos me decían que saliese corriendo de ese lugar. No había nadie, y toda esa tranquilidad me perturbaba. “Aquí”, logre escuchar desde una habitación con la puerta entreabierta.

     Él estaba allí, acuclillado en un charco de sangre, me alarme, pues pensé que se habría lastimado, su camiseta blanca estaba llena de sangre por el lado de su espalda. Quise acercarme pero me grito que parara. Me lanzo con su cuaderno y dijo que corriera. Salí disparada de allí como alma que se lleva el Diablo.



     Poco recuerdo de él, nadie recuerda haberle visto antes, yo sé que si existió por sus dibujos que aún conservo, ese último dibujo. Estoy allí, sentada mirando al cielo como había hecho una vez junto a él, y ahí estaba, Matt acuclillado como lo vi la última vez. Sé que mi día pronto llegara, pero estaré feliz de verle una última vez...

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